San Simón

Rito de paso
Dos mujeres, dos amigas, se embarcan en el venturoso viaje de la creación, sin más camino previsible que el del trabajo sin fin y el de los caprichos del deseo. Esta es la gran fuerza, magnífica y amoral, luminosa y oscura a la vez, que guía a Marta Hernández y a Mónica Ortega.

Amén de compartir un mismo taller y maestro, las dos pintoras viven simultáneamente la experiencia de paso fundamental: su tarea íntima, privada de pintar se transforma con esta exposición en cosa pública, abierta a la sociedad y a diversas interpretaciones.

La obra de Mónica se mueve en el espacio de una escisión cultural de larga data entre cuerpo y alma, carnalidad y espiritualidad, aceptación y negación, cuyo símbolo cobra la forma, en esta ocasión, de San Simón el Estilita. Él dedicó cuarenta y dos años al suplicio de su cuerpo para domesticar una libido -sin duda exuberante- y acceder así a la virtud que el cristianismo parecía reclamar.

Marta, en cambio, se inspira en la urdimbre de amor, de pasión por el conocimiento y de compromiso con la utopía que mueve a los personajes principales de José Saramago en Memorial del Convento. Conocimiento sensible, intuitivo, que desafía los límites de la visión religiosa y los saberes de su época.

Ambos "pretextos" temáticos hablan de una profunda necesidad de cambiar la mirada sobre la realidad, de desplazar perspectivas para aprehender algo más de las evasivas dimensiones de lo visible y lo invisible, en un gesto vital de Marta y de Mónica contra la confusión y el sinsentido reinantes.

Graciela Schmilchuk
20 de abril 2003